Todas pasamos por esos momentos en los que nuestros hijos nos ponen frenéticas y desesperamos pensando que todo lo que les hemos enseñado no parece haber tenido efecto. Por ejemplo: cuando nuestro hijo ha dibujado sobre la pared por segunda o tercera vez, cuando tiene una rabieta y rehusa hacer lo que le pedimos, cuando nos contesta de mala manera, cuando se empeña en sólo usar cierta ropa . . . Para algunos niños estos momentos de desafío son sólo pasajeros; pero en el caso del niño difícil, forman parte de su vivir diario.
¿Cómo definimos, entonces, a este tipo de niño y lo diferenciamos del que simplemente nos desafía o está atravesando una etapa de rebeldía? Un niño difícil es uno a quien le encanta contrariar las reglas. Es el que cree que todo es posible; puede que le tome un poco más de tiempo, sea más complicado, o le pueda producir ciertas inconveniencias, pero se propone hacerlo. Tiene una voluntad muy fuerte. Le gusta tener control sobre su vida, así que cuando sus padres le reprenden y advierten del castigo si continúa cierta conducta . . . este niño prefiere aceptar la consecuencia en vez de obedecer.
Esta definición puede, en cierto grado, aplicarse a muchos niños; pero la diferencia clave está en que este es así constantemente desde su nacimiento, es parte de su configuración genética. Un niño desafiante, desobediente o rebelde lo es únicamente en ciertos momentos y en muchos casos es el resultado de no haber sido disciplinado consistentemente. El niño difícil es así desde los primeros meses de su vida, eso forma parte de su manera de ser y no se da en respuesta a circunstancias externas. Desde pequeño el niño difícil resiste todo cambio, es muy fastidioso, cambiarle la ropa es una batalla, y darle algo nuevo de comer se convierte en una catástrofe. A medida que crece, los conflictos aumentan.
La familia del niño difícil se ve afectada por los conflictos diarios y abrumadores. La madre se siente atrapada en el círculo vicioso de estos conflictos, suele vivir exhausta y sin la satisfacción de que sus esfuerzos hayan logrado algo. El padre, que no está todo el día con el niño, no entiende el problema y cuestiona la habilidad de su esposa como madre y a veces como ama de casa (si es que los problemas con su hijo le han quitado tanto tiempo que no pudo hacer otra cosa). Su hermano o hermana puede albergar resentimiento por la cantidad de atención que se le da al niño difícil, y sentirse aislado y olvidado; algunos se convierten en niños "modelo" pero ansiosos, y otros optan por imitar aquella mala conducta para obtener la atención que anhelan.
Los rasgos típicos del niño difícil, que aparecen en varios grados de intensidad, son:
Alto nivel de actividad: es muy activo, por eso a veces se lo confunde con el niño hiperactivo (pero el resto de los rasgos son distintos), muy inquieto, impulsivo, incansable, corre en vez de caminar, es muy excitable, y puede ser agresivo (física y verbalmente).
Distraído: le cuesta concentrarse y su atención es muy corta; se olvida las instrucciones, o no sigue direcciones.
Volumen fuerte: cualquiera sea su humor, ya esté entristecido, alegre o enojado, lo demuestra en forma ruidosa y desmesurada.
Irregularidad: reacciona en forma imprevisible. No tiene horarios para comer y dormir cuando es pequeño.
Persistencia negativa: es terco, egoísta, y continúa insistentemente regañando y quejándose hasta lograr lo que quiere, y si no lo logra, recurre a la rabieta larga y persistente.
Bajo umbral sensorial: es muy sensible a los estímulos físicos tales como la luz, el ruido, los olores, el gusto, la temperatura y la textura de la ropa (no necesariamente a todos ellos, pero a varios). Es fastidioso con la ropa, si no es cómoda o no le gusta, rehusa usarla. También lo es con la comida, prefiere aquello a lo que está acostumbrado y es difícil hacerle probar algo nuevo o distinto, especialmente si no le gusta el olor o la presentación.
Retracción inicial: suele actuar en forma retraída y tímida con gente que no conoce o en situaciones nuevas. Suele protestar y aferrarse a la madre, y al forzarlo a entrar o acercarse, puede llorar y aun tener una rabieta.
Adaptabilidad pobre: le cuesta cambiar de actividad o rutina, la transición es problemática. Muchas veces se empecina y es inflexible, le cuesta adaptarse a lo nuevo. Le gustan los mismos juegos vez tras vez, y usar la misma ropa repetidamente.
Modalidad negativa: le cuesta mostrar placer abiertamente, no es un niño alegre o sonriente, generalmente suele ser serio y fastidioso.
Muchos han sido los estudios para averiguar la causa de este problema, pero la mayoría de los resultados apuntan a la herencia y la configuración genética del niño. En muchos de los casos, el padre o la madre fue difícil cuando era pequeño. Una menor cantidad de estudios han vinculado el problema con la maduración desequilibrada de estos niños: sus ritmos internos son irregulares (con respecto al dormir y cuando tienen hambre), y la maduración de ciertas partes del cerebro es tardía, especialmente con respecto al control de los impulsos. Otra pequeña cantidad de estudios han encontrado una correlación entre esta clase de conducta y ciertas alergias, especialmente hacia productos lácteos, ya que una buena cantidad de niños difíciles padecen esta. También estos últimos estudios indican que la conducta parece agravarse cuando lo que el niño come está cargado de azúcar blanco y aditivos artificiales. Pero no es productivo obsesionarse sobre la causa del problema. Lo que debemos recordar es que, con este tipo de niño, nuestra forma de criarlo no ha sido la causa . . . pero sí podemos mejorar la situación y poner en práctica formas de mantenerlo bajo control, ayudándole para que eventualmente él pueda ejercer control propio sobre su conducta:
1. Definir las reglas antes de imponerlas. Lo más importante antes de comenzar cualquier estrategia de disciplina es establecer expectativas y límites razonables. El niño necesita saber qué conducta es aprobada y cuál no lo es, antes de introducir la regla. A veces pensamos que el niño sabe lo que se espera de él simplemente porque le hemos gritado y/o advertido innumerables veces cuando ha hecho algo que no aprobamos. Nuestro hijo necesita que nos sentemos con él y le expliquemos calmadamente las reglas, y qué pasará cuando rompa cada regla específica, siendo amigable pero firme y alentándole a tratar de hacer lo máximo posible para seguirlas. Esta calmada charla y explicación le dará al niño la oportunidad de elegir y decidir si va a complacer a sus padres, y a la vez a Dios, o va a desafiar y recibir el castigo pertinente.
2. Estructura y rutinas. Parte de la semana y del día del niño puede mejorar si introducimos cierta estructura. El niño difícil funciona bien con rutinas, y es una oportunidad para utilizar uno de sus rasgos de carácter a nuestro favor. Es especialmente importante establecer rutinas para la mañana y la noche. Por ejemplo; a la mañana: levantarse, ir al baño (lavarse la cara, cepillarse los dientes . . .), vestirse, tomar su desayuno, y estar listo para ir al colegio; por la noche: cenar, tiempo de juegos en familia, ir al baño, cambiarse para ir a la cama, cuento, orar juntos, un beso y a dormir. Podemos ser flexibles sobre lo horario de esta rutina, que puede ser un poco más tarde durante el fin de semana o en vacaciones, pero la secuencia no debe cambiar. Y, al igual que con las reglas, sentarse y explicarle al niño la rutina completa y luego elegir el día en que se comenzará a utilizar. Podemos recordarle el orden los primeros días, pero después debemos dejarle que siga los pasos por sí solo . . . es su rutina no la nuestra.
3. Distinguir entre conducta desafiante y la irresponsabilidad infantil. Cuando debemos castigar analicemos bien aquello que ha hecho. Si ha roto la regla en forma desafiante o desobedece adrede, el castigo debe ser breve, firme y no negociable . . . el niño ya sabe de antemano la consecuencia de su acción y, en cierto sentido, lo ha pedido . . . "no le decepcionemos". Si lo que ha hecho es un accidente, un descuido o simple irresponsabilidad por la inmadurez de su edad, démosle la explicación necesaria para que entienda que hizo mal y digámosle cómo puede mejorar . . . Si lo vuelve a hacer sabiendo que está mal, entonces tendremos que implantar la consecuencia con firmeza.
4. Controlar nuestras reacciones. Antes de poder manejar la conducta de nuestro hijo en forma efectiva, debemos adoptar una actitud objetiva y neutral. No podemos responder de forma emocional o instintiva, ya que esto agrava el problema y, a veces, refuerza la conducta negativa. Nuestra réplica debe ser pensada, y no de acuerdo a los sentimientos del momento. No debemos tomar su conducta como un ataque personal o enfurecernos y perder nuestra compostura . . . vayamos un paso atrás y calmadamente le comunicaremos la falta que ha cometido, su consecuencia y, si estamos en un espacio público, buscaremos un lugar privado para el castigo o le diremos en qué momento se aplicará la consecuencia (sin olvidarnos luego).
5. Disciplinar con amor. Después de haber sido retado o castigado, el niño pequeño necesita sentir que sigue siendo amado. Permitámosle que venga hacia nosotras para un abrazo, recordémosle que lo queremos y por qué fue castigado y cómo puede evitar que esto pase de nuevo. El padre o la madre que castiga en un arrebato de ira o irritación, puede castigar en exceso y lastimar física y emocionalmente al niño. El padre que disciplina calmadamente y con amor enseña al niño, con su propio ejemplo, a controlar sus impulsos y a actuar de forma que agrade a Dios.
El niño difícil puede dar a su madre un poco más de trabajo, pero no es incorregible . . . La disciplina consistente, el amor y mucha paciencia dan buenos resultados. Y no nos olvidemos de un aspecto muy positivo de este niño . . . cuando llegue a la adolescencia no tendremos que preocuparnos por las presiones negativas de los demás . . . él es muy independiente y no va a dejar que otros lo cambien. El niño difícil tiene la capacidad de mantenerse firme en sus convicciones, y puede ser un gran líder si lo encaminamos bien a temprana edad y le instruimos en los valores bíblicos que moldearán su carácter y lo guiarán en el camino correcto.
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